Desde que hace unos años empezamos en casa a llevar un consumo más consciente, saludable y ecológico, he oído tantas veces eso de “es que lo ecológico es tan caro…”. A lo que yo suelo añadir… “O no”.

La intención de este post no es entrar en todos los beneficios para la salud y entorno ambiental. No pretendo convencer a nadie. Es un cambio de hábitos que conlleva mucho más que cambiar de supermercado, por lo que debe realizarse por creencia y convicción.

Pero quizá haya muchas personas que creen en los beneficios, pero les cuesta dar el paso por miedo a un impacto negativo en su economía. Por ello voy a  argumentar por qué llevar un consumo más consciente, saludable y ecológico está al alcance de todos.

Lo cierto es que si hablásemos simplemente de una alimentación ecológica, sí podríamos concluir que el gasto se puede duplicar o incluso triplicar. Pero cuando introducimos términos como consumo consciente y saludable, las cosas cambian. Y es que, aunque no siempre, en muchos casos estos 3 adjetivos vienen de la mano.

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Y voy a explicarlo mejor con un ejemplo:

Mi consumo de postres lácteos antes y después del cambio:

Antes de cambiar de hábito, en mi compra habitual se incluían: yogures de varios sabores, actimeles, petit suise y danoninos bebibles.

Si simplemente hubiera optado por un consumo ecológico hubiera comprado muy similar pero en su versión ecológica, que lo hay, aunque con menos oferta.

Cuando entramos en un consumo más consciente, pensamos si realmente necesitamos todos esos productos, o el mero hecho de que existan nos está forzando a comprarlo y/o consumirlo. “A lo mejor solo con un tipo de postre lácteo me bastaría, pe. Yogures de sabores”

Pero lo rematamos añadiendo la palabra saludable…. “¿Y si en lugar de un yogur de sabor endulzado con azúcar integral (es decir ecológico), les doy uno natural y  lo endulzo yo con miel o azúcar de coco y así controlo la cantidad de azúcar que les doy a los niños?”

⇒ Resultado en casa: después de cenar hemos pasado de tomar “porque sí” un yogur cargado de azúcar, a simplemente una fruta porque “no tengo ya mucha hambre mamá” y es que claro, un yogur natural no resulta tan atractivo = Consumimos muchos menos postres lácteos que antes y más fruta.

⇒ Resultado en mi bolsillo: de gastarme probablemente unos 8 euros en postres lácteos, a gastarme 6 euros en yogures naturales eco (compro menos cantidad pero de mejor calidad y más saludables). La diferencia y un poco más me la gasto en fruta.

He querido poneros el ejemplo de postres lácteos porque es el cambio más difícil por el que pasé con los niños. Ahora de vez en cuando, compro yogures de fruta ecológico, pero de manera esporádica y especial, NO como compra habitual.

Ellos conocen los argumentos del cambio, incluso los aceptan,  pero aún son pequeños para poder asimilarlos. De hecho, es muy gracioso escuchar a Alex cuando va a casa de la abuela. Hace poco se quedó a dormir unos días, y justo cogió un virus de estómago “abuela, mi dolor de tripa es culpa de tu colacao, porque en casa tomo uno “muy sano” que no hace daño a la tripa”. Lo gracioso es que el colacao que le dió mi madre, era la mezcla que hago yo y que le di en un botecito, no se dio cuenta porque la leche era diferente (leche de almendras comprada vs leche de almendras casera).

Lo que me gusta es saber que empiezan a asociar los alimentos saludables a su bienestar aunque no entiendan perfectamente el motivo.

A día de hoy miro mi despensa y jamás había conseguido tenerla tan ordenada. Aunque la diferencia no está en el orden sino en la cantidad de alimentos que compraba que NO eran necesarios.  Lo que sí ha crecido considerablemente en mi nevera son las frutas, verduras y hortalizas. De hecho estoy ahorrando para cambiar mi nevera y comprarme una con más cajones con regulador de humedad.

No se cómo eran las despensas de nuestras abuelas, pero creo que la mía se podría comparar a las de antaño. Productos básicos.

En conclusión: Sí, los productos ecológicos en comparación son más caros, pero si empezamos a ser conscientes de lo que consumimos, reducimos la cantidad y aumentamos en calidad, por lo que el gasto familiar en alimentación podría decir que se equilibra.